16/06/2021

El gentleman comunista

Friedrich Engels es una de las figuras más interesantes y contradictorias del siglo XIX. Nacido en el seno de una próspera familia mercantil del oeste de Alemania, trabajó en la industria del algodón de Manchester y disfrutó de la cómoda vida de clase media de un caballero victoriano. Sin embargo, también fue co-fundador del comunismo internacional, una ideología que en el siglo XX llegó a gobernar a un tercio de la raza humana y que a principios del siglo XXI, y después de una aplicación decepcionante, todavía sigue viva. Fue además co-autor de El Manifiesto Comunista e hizo posible que Karl Marx pudiera dedicarse en cuerpo y alma a escribir El Capital.

Tristram Hunt es historiador, periodista y ex-parlamentario laborista, miembro de la Royal Historical Society y director desde 2017 del Victoria & Albert Museum de Londres. En su libro El gentleman comunista analiza de manera ingeniosa y amena cómo Engels, uno de los grandes vividores de la Gran Bretaña victoriana, pudo reconciliar su exuberante vida personal con la gestación de una filosofía política tirando a estricta.

Estatua en honor de Marx y Engels en Berlín — Imagen Sean Galup

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Después de un año en el que fuimos testigos del asalto al Capitolio de EE UU, el terrible derramamiento de sangre en Etiopía, la victoria de los talibanes en Afganistán y los pulsos entre las grandes potencias a propósito de Ucrania y Taiwán en medio de una ambición estadounidense cada vez menor en el escenario global, la COVID-19 y la emergencia climática, es fácil pensar que el mundo ha descarrilado.

Pero quizá se pueda argumentar que las cosas están mejor de lo que parece.

Al fin y al cabo, en ciertos aspectos, la guerra está en retirada. El número de personas muertas a causa de ella en todo el planeta ha disminuido desde 2014, si solo contamos los fallecidos directamente en combate. Según el Programa de Datos sobre Conflictos de Uppsala, las cifras disponibles hasta finales de 2020 muestran que las muertes en combate han descendido desde hace siete años, sobre todo gracias a que la terrible matanza de Siria ha remitido enormemente.

El número de guerras declaradas también está descendiendo, después de haber alcanzado recientemente su máximo. Aunque el presidente ruso, Vladímir Putin, amenace a Ucrania, no es frecuente que los Estados se declaren la guerra. Hay más conflictos locales que nunca, pero suelen ser menos intensos. En general, las guerras del siglo XXI son menos letales que las del siglo XX.

Putin a caballo durante unas vacaciones en Siberia — Imagen Alexey Druzhinin/AFP/Getty Images

El hecho de que Estados Unidos actúe con más cautela también puede tener sus ventajas. El baño de sangre de los 90 en Bosnia, Ruanda y Somalia; las guerras de Afganistán e Irak tras el 11-S; la campaña asesina contra los tamiles en Sri Lanka y el desmoronamiento de Libia y Sudán del Sur se produjeron cuando Occidente, encabezado por Washington, era dominante y, a veces, precisamente por eso. El hecho de que los últimos presidentes estadounidenses se hayan abstenido de derrocar a sus enemigos por la fuerza es positivo. Además, no conviene exagerar la influencia de Washington ni siquiera en su apogeo en plena Guerra Fría; sin una invasión, siempre le ha costado mucho someter a los líderes recalcitrantes —por ejemplo, el exdirigente sudanés Omar al Bashir— a su voluntad.

No obstante, aunque estos sean argumentos positivos, son bastante endebles.

Al fin y al cabo, las muertes en combate no son más que una parte de la historia. La guerra de Yemen mata a más personas, fundamentalmente mujeres y niños, por hambre o enfermedades prevenibles que debido a la violencia. Millones de etíopes sufren una horrible inseguridad alimentaria a causa de la guerra civil que asola el país. En otros lugares de África, las luchas en las que participan los islamistas no suelen causar miles de muertes, pero sí expulsan a millones de personas de sus hogares y provocan una devastación humanitaria.

En Afganistán, el nivel de violencia ha disminuido claramente desde que los talibanes se hicieron con el poder en agosto, pero la hambruna, debida sobre todo a las políticas de Occidente, puede causar la muerte de más afganos —entre ellos, millones de niños— que las luchas de las últimas décadas. El número de personas desplazadas en todo el mundo, en su mayoría debido a las guerras, está en unos niveles sin precedentes. En otras palabras, puede que las muertes en batalla hayan disminuido, pero el sufrimiento debido al conflicto no.

Aparentemente, las guerras del siglo XXI son menos letales que las del siglo XX — Imagen AP

Por otra parte, los Estados están envueltos en una competencia feroz incluso cuando no participan directamente en combates. Pelean mediante ciberataques, campañas de desinformación, injerencias electorales, coacción económica y la instrumentalización de los migrantes. Las grandes potencias y las regionales se disputan la influencia en las zonas de guerra, a menudo a través de sus respectivos aliados locales. Hasta ahora, las guerras por terceros interpuestos no han desatado ningún enfrentamiento directo entre los Estados que se entrometen. Es más, algunos eluden ese peligro con gran habilidad: Rusia y Turquía siguen manteniendo unas relaciones cordiales a pesar de apoyar bandos opuestos en las guerras de Siria y Libia. Aun así, la injerencia extranjera en los conflictos crea el peligro de que los enfrentamientos locales desaten incendios más grandes.

Los pulsos entre las grandes potencias son cada vez más peligrosos. Quizá Putin se la juegue con otra incursión en Ucrania. No parece probable que China y EE UU vayan a pelearse por Taiwán en 2022, pero cada vez hay más choques entre los ejércitos de ambos países en los alrededores de la isla y en el Mar del Sur de China, con todo el riesgo que eso entraña. Si el pacto nuclear con Irán fracasa, cosa que parece probable, es posible que Estados Unidos o Israel intenten —tal vez incluso a principios de 2022— destruir las instalaciones de la República Islámica, lo que seguramente empujaría a Teherán a acelerar su programa de armamento y a llevar a cabo ataques en toda la región. Un paso en falso o mal calculado y podríamos encontrarnos de nuevo ante una guerra entre Estados.

Además, al margen de lo que piense cada uno sobre la influencia de EE UU, es inevitable que su declive comporte riesgos, puesto que su poder y sus alianzas han estructurado la política global desde hace decenios. No exageremos al hablar de decadencia: sigue habiendo fuerzas estadounidenses desplegadas en todo el mundo, la OTAN sigue en pie y la labor diplomática reciente de Washington en Asia demuestra que todavía es capaz de formar coaliciones mejor que ninguna otra potencia. Ahora bien, con una situación tan cambiante, sus rivales no dejan de probar hasta dónde pueden llegar.

Partidarios de Trump asaltan el Capitolio de EE UU el 6 de enero de 2021 — Imagen Leah Millis/Reuters

Los lugares más peligrosos de la actualidad —Ucrania, Taiwán, los enfrentamientos con Irán— están en cierto modo relacionados con las dificultades del mundo para encontrar un nuevo equilibrio. Y las disfunciones de EE UU no facilitan las cosas. Para que la transición en el poder mundial sea suave, hacen falta cabezas frías y previsibilidad, no elecciones cargadas de tensiones y cambios de rumbo entre un gobierno y el siguiente.

En cuanto a la COVID-19, la pandemia ha agudizado los peores desastres humanitarios del mundo y ha fomentado el empobrecimiento, el alza del coste de la vida, las desigualdades y el desempleo, es decir, los problemas que alimentan la indignación popular. La pandemia intervino a la toma de poder por parte del presidente de Túnez en el pasado otoño, el golpe de Sudán y las protestas de Colombia. Los daños que está provocando la COVID-19 en la economía pueden llevar al límite la tensión que se vive en algunos países. No es lo mismo el descontento que la protesta, ni la protesta que la crisis, ni la crisis que el conflicto, pero es posible que los peores síntomas de la pandemia estén todavía por llegar.

En definitiva, aunque las inquietantes tendencias que vemos hoy no han disparado aún las cifras de muertos en combate ni han hecho arder el mundo, el horizonte sigue siendo malo. Y la lista de este año muestra bien a las claras que puede empeorar todavía más.


La versión original y en inglés puede consultarse en International Crisis Group. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia para esglobal.org

After a year that saw an assault on the U.S. Capitol, horrific bloodshed in Ethiopia, a Taliban triumph in Afghanistan, great-power showdowns over Ukraine and Taiwan amid dwindling U.S. ambition on the global stage, COVID-19, and a climate emergency, it’s easy to see a world careening off the tracks.

But maybe one could argue things are better than they seem.

After all, by some measures, war is in retreat. The number of people killed in fighting worldwide has mostly declined since 2014 —if you count only those dying directly in combat—. According to the Uppsala Conflict Data Program, figures through the end of 2020 show battle deaths are down from seven years ago, mostly because Syria’s terrible slaughter has largely subsided.

The number of major wars has also descended from a recent peak. Despite Russian President Vladimir Putin menacing Ukraine, states rarely go to war with one another. More local conflicts rage than ever, but they tend to be of lower intensity. For the most part, 21st-century wars are less lethal than their 20th-century predecessors.

Putin rides a horse during his vacation in Siberia — Image Alexey Druzhinin/AFP/Getty Images

A more cautious United States might also have an upside. The 1990s bloodletting in Bosnia, Rwanda, and Somalia; the post-9/11 Afghanistan and Iraq wars; Sri Lanka’s murderous campaign against the Tamils; and the collapse of Libya and South Sudan all happened at a time of —and, in some cases, thanks to— a dominant U.S.-led West. That recent U.S. presidents have refrained from toppling enemies by force is a good thing. Besides, one shouldn’t overstate Washington’s sway even in its post-Cold War heyday; absent an invasion, it has always struggled to bend recalcitrant leaders —former Sudanese leader Omar al-Bashir, for example— to its will.

Still, if these are silver linings, they’re awfully thin.

Battle deaths, after all, tell just a fraction of the story. Yemen’s conflict kills more people, mostly women and young children, due to starvation or preventable disease than violence. Millions of Ethiopians suffer acute food insecurity because of the country’s civil war. Fighting involving Islamists elsewhere in Africa often doesn’t entail thousands of deaths but drives millions of people from their homes and causes humanitarian devastation.

Afghanistan’s violence levels have sharply dropped since the Taliban seized power in August, but starvation, caused mostly by Western policies, could leave more Afghans dead —including millions of children— than past decades of fighting. Worldwide, the number of displaced people, most due to war, is at a record high. Battle deaths may be down, in other words, but suffering due to conflict is not.

Apparently, the wars of the 21st century are less lethal than those of the 20th century — Image AP

Moreover, states compete fiercely even when they’re not fighting directly. They do battle with cyberattacks, disinformation campaigns, election interference, economic coercion, and by instrumentalizing migrants. Major and regional powers vie for influence, often through local allies, in war zones. Proxy fighting has not so far sparked direct confrontation among meddling states. Indeed, some navigate the danger adeptly: Russia and Turkey maintain cordial relations despite backing competing sides in the Syrian and Libyan conflicts. Still, foreign involvement in conflicts creates the risk that local clashes light bigger fires.

Standoffs involving major powers look increasingly dangerous. Putin may gamble on another incursion into Ukraine. A China-U.S. clash over Taiwan is unlikely in 2022, but the Chinese and U.S. militaries increasingly bump up against each another around the island and in the South China Sea, with all the peril of entanglement that entails. If the Iran nuclear deal collapses, which now seems probable, the United States or Israel may attempt —possibly even early in 2022— to knock out Iranian nuclear facilities, likely prompting Tehran to sprint toward weaponization while lashing out across the region. One mishap or miscalculation, in other words, and interstate war could make a comeback.

And whatever one thinks of U.S. influence, its decline inevitably brings hazards, given that American might and alliances have structured global affairs for decades. No one should exaggerate the decay: U.S. forces are still deployed around the globe, NATO stands, and Washington’s recent Asia diplomacy shows it can still marshal coalitions like no other power. But with much in flux, Washington’s rivals are probing to see how far they can go.

Trump supporters storm the US Capitol on January 6, 2021 — Image Leah Millis / Reuters

Today’s most dangerous flash points —whether Ukraine, Taiwan, or confrontations with Iran— relate in some way to the world struggling for a new equilibrium. Dysfunction in the United States hardly helps. A delicate transition of global power requires cool heads and predictability, not fraught elections and policy seesawing from one administration to the next.

As for COVID-19, the pandemic has exacerbated the world’s worst humanitarian disasters and propelled the impoverishment, rising living costs, inequality, and joblessness that fuel popular anger. It had a hand this past year in a power grab in Tunisia, Sudan’s coup, and protests in Colombia. The economic hurt COVID-19 is unleashing could strain some countries to a breaking point. Although it’s a leap from discontent to protest, from protest to crisis, and from crisis to conflict, the pandemic’s worst symptoms may yet lie ahead.

So while today’s troubling undercurrents haven’t yet set battle deaths soaring or the world ablaze, things still look bad. As this year’s list shows all too starkly, they could easily get worse.


The original extended version can be consulted at International Crisis Group

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Margaret Tatcher y Ronald Reagan, una relación que cambió la Historia — Imagen AP
Antes de eso vivíamos en un mundo que grandes del pensamiento, hoy vivos (A. Domènech y otros), han definido como un mundo post-antifascista, donde después del horror de los fascismos europeos —tristemente en España duró mucho más— y de las dos grandes guerras y antes el crack del 29, la inercia fue a favor del cambio y esta vez a favor de la mayoría. Se hizo la Declaración de los Derechos Humanos (1948) hasta pasar a la creación de los Estados de Derecho —o de Bienestar—, con una lógica de derechos y mayor bienestar y libertad para todos, donde había un capitalismo controlado, regulado, mayor sindicalismo, organización y conciencia obrera. Donde el mercado se regulaba y la noción de fraternidad y colectividad humana eran un valor cada vez menos cuestionable, tanto para el poder como para el pueblo. Un momento en que la política económica por ejemplo de EEUU en los años 50, con Eisenhower —sin querer en ningún caso idealizar la política del político mencionado—, tenían una tasa impositiva del 91% para las rentas más altas de 400.000 $. Sí, sí, del 91% de redistribución a la federación de estados; aunque parezca increíble y no nos acordemos, hubo unos años en que el mundo, por lo menos a nivel económico, funcionó así. Es curioso que no lo recordemos y que datos como este hoy nos sorprendan ¡y sólo han pasado sesenta años! Y parece que sea un mundo que nunca existió. Pero de nuevo vinieron las fuerzas del cambio, esta vez para desposeernos, para privatizar, para acumular y el capitalismo 'dorado' se fue convirtiendo en un capitalismo feroz, caníbal. Hoy vivimos dentro de esa inercia. La tensión no cesa nunca, pero claramente, hoy, la balanza está en manos de los que tiran de la dinámica de la Historia para que la mayoría no avancemos y seamos esclavos del capital, del trabajo y de lo privado, y esta vez a nivel planetario, rompiendo todas las fronteras, todo el mundo, capitalista o no, es engullido por este 'tren sin frenos' —Hobsbawm de nuevo— que es el capitalismo contemporáneo. Se podría decir también que la dinámica de la Historia es una lucha de clases, lo dijo el odiado y querido Marx, pero para decirlo de una manera menos 'incómoda', una lucha entre oligarquía —el poder de unos pocos y los que ostentan el poder y la propiedad y no dependen de nadie para vivir, o mejor dicho del trabajo de muchos— y democracia —el gobierno de muchos, de todos, de los que trabajan con sus manos—. Los momentos de triunfo de la democracia, de la voluntad del pueblo y de lo que beneficia al pueblo, han sido pocos y breves en comparación a los que ha dominado la oligarquía. Hoy vivimos en oligarquía, degenerada en una auténtica plutocracia —en griego antiguo, ploutos 'riqueza' y kratos 'gobierno'—, el poder lo tiene el poder mismo, en un proceso de acumulación por desposesión (D. Harvey), el poder financiero manda, el político claudica y la sociedad sufre.
La dinámica de la Historia es una constante lucha de clases, según Karl Marx — Imagen Unknown Author
Pero hay una diferencia crucial entre los otros momentos y el de ahora. Hoy los individuos de lo que se llaman sociedades avanzadas y las que no lo son, estamos, o podemos estar y valga la redundancia, muy avanzados a nivel de ideas, tenemos mucho conocimiento, y tenemos conocimiento o deberíamos tenerlo de todo lo dicho —venimos de lo que se ha llamado la Sociedad del Conocimiento—, o por lo menos tenemos un pasado al que podemos acudir, para recordar y aprender. Nos han arrebatado algo que ya había sido nuestro, que ya no era discutido, que se pactó y se firmó, como la Declaración de los Derechos Humanos, que sea la mejor que se pueda tener o no —no entraré a valorar— es la que tenemos por el momento, y empezando por el primero de sus artículos y el más englobante 'todas las personas tiene derecho a nacer libres e iguales', ni siquiera en las sociedades donde no existen resistencias culturales para entenderlo como verdadero, y hasta el último de ellos, no se asumen y son vilipendiados por este sucio, corrupto y obeso sistema de poder. La tensión una vez más está servida, el proceso de cambio abierto, el resultado dependerá de quién tire más y con más fuerza de la cuerda que tensa la dinámica entre la conservación y el cambio, pero no lo olvidemos: nosotros somos más y es al fin y al cabo nuestra existencia la que está en juego. Recurramos a la Historia, nos ofrece mucho de lo que aprender.The History, its changes and evolution of societies is marked by a tension between conservation and change, according S. Aguilar. The evolution of a being or a society is the change that happens in one concrete state to a different and new concrete state. The change is the result of the tension between the forces that want to preserve what exists and the forces that want to change what exists. Typically, conservation forces are represented by the power, by dominators, the establishment, by the standard, and the few that concentrate. Also, the forces of change usually come represented and represent the majority, the demos —those who work with their hands, the people—, those who want the power structure that favors them, those who do not conform, those who want more, or what is really here. Scientifically, the above is not correct or orthodox, because really these two inertias that make up this dynamic between conservation and change, no have face or identity, are two social processes. Let's stop here. Sometimes, after a moment of change and social advancement or increased rights for most, this state of conquest, becomes the primordial state, the being of things,the reality of the world at that particular time. The last period has been like that, what has been called 'the golden age of capitalism' (E. Hobsbawm), where after the comprehensive Welfare State, endowed with rights and greater welfare for the vast majority —leaving aside criticism that can be made to the welfare state itself—, and even in a few moments and usually very brief history there have been social justice for the majority, the forces of change have been at that time which typically represent the conservation, in an attempt to return to what it was, but even conservative forces of change. The last episode of this kind began in the 70s, where from different processes, the forces of change were at this conservative moment, wanting to go back, depriving the working class, the majority, which had conquered the ancient forces of change. the visible faces of this process were as you know, Thatcher in Britain and Reagan in the United States. That change process started there —also with its own History— and today we continue in this particular inertia within the History. W_tatcheryreagan
Margaret Thatcher and Ronald Reagan, a relationship that changed History — Image AP
Before that, we lived in a world of big thinkers alive today (A. Domènech and others) have defined as a post-fascist world where after the horror of European fascism —sadly lasted more in Spain— and two large wars and before the crack of 29, was the inertia for change and this time in favor of the majority. Declaration of Human Rights (1948) was created, after the Welfare state, with a logic of rights and greater well-being and freedom for all, where there was a controlled capitalism, regulated, more unionism, organization and class consciousness. The market was regulated and the notion of human brotherhood and community were an increasingly questionable value, by the power and by the people. A time when economic policy for example U.S. in the 50s, with Eisenhower —not wanting in any case idealize political policy mentioned—, the highest incomes of $400,000 had a tax rate of 91%, yes, yes redistribution of 91% of the federation of states, incredible today, there was a time, the world at least economically, it worked well. Interestingly, data like this surprise us today, and only happened 60 years ago and it seems to be a world that never existed. But back came the forces of change, this time to dispossess us, to privatize, to accumulate and capitalism 'gold' was becoming fierce, cannibalistic capitalism. Today we live within that inertia. The tension never ceases, but clearly, now, the balance is in the hands of pulling the dynamics of History that most do not move forward and be slaves to capital and private and this time on a global level, breaking all the borders, the whole capitalist world or not is engulfed by this 'runaway train' —Hobsbawm again— that is contemporary Capitalism. One could also say that the dynamics of history is a class struggle, said hated and loved Marx, but to put it in a less 'controversy' way, a struggle between oligarchy —power of the few and those who hold power and property and not depends on anyone else to live, or rather the work of many— and democracy —rule by many, all of which work with their hands—. The moments of triumph of democracy, the will of the people and benefiting the people, have been few and brief compared to the oligarchy that has dominated. Today we live in oligarchy degenerate to a true plutocracy —Ancient Greek, ploutos 'wealth' and kratos 'government'— the power has the power itself, in an inertia of accumulation by dispossession (D. Harvey), financial power controls, politics obeys and society suffers.
The dynamics of History is a constant class struggle, according to Karl Marx — Image Unknown Author
But there is a crucial difference between the other times and now. Today individuals from what are called advanced societies and those that are not, we are, or we can be and despite the redundancy, very advanced level of ideas, we have a lot of knowledge, and we are aware or ought to have of all this —come of what has been called the knowledge society—, or at least have a past to which we can turn to remember and learn. We have taken something that had been ours, it was not discussed, it was agreed and signed the Declaration of Human Rights, which is the best or not (not go to rating) is what we have for the moment, and starting with the first article and the more encompassing 'all persons have the right to be born free and equal', even in societies where there are no cultural resistance to understand it as true, and every last one of them, not assume and are vilified by this dirty, obese and corrupt system of power. The tension is served, the process of open exchange, the result depends on who pull more and stronger rope that tightens the dynamic between conservation and change, but we can't forget, we are more and in the end out our existence that is at stake. Have recourse to history, it offers a lot to learn." ["post_title"]=> string(91) "Sobre la dinámica de la HistoriaOn dynamics of History" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(6) "closed" ["ping_status"]=> string(6) "closed" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(22) "on-dynamics-of-history" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-03-14 22:46:12" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-03-14 21:46:12" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(29) "http://whatonline.org/?p=5895" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } }