05/04/2021

Quien tiene un amigo tiene un tesoro

Fue Cicerón quien dijo que vivir sin amigos no es vivir y es que da igual las riquezas o el poder que poseamos, lo guapos que seamos; todos, si algo necesitamos en nuestra vida son los amigos. O dicho quizás de otro modo, sin amigos ¿quién querría vivir?

Aristóteles dedica los libros VIII y IX de su ‘Ética a Nicómaco’ a estudiar de forma profunda la amistad y es él quien establece de entrada dos tipos de amistades, la perfecta y la imperfecta, que se han impuesto en el pensamiento universal sin apenas réplicas.

Keith (desenfocado) y Mick (enfocado) en Nueva York en 1978 —Imagen Michael Putland

Una amistad imperfecta es aquella que se mueve por el interés o por el placer, según el filósofo griego. Y es imperfecta precisamente porque depende de algún elemento exterior a la relación para tener éxito. Distinguía entre la imperfecta por utilidad y por placer.

Pensemos un poco más en concreto en este tipo de relación imperfecta por utilidad. Necesita de beneficio, de provecho individual, algo muy alejado de lo que normalmente entendemos por amistad verdadera. Si existe un interés ajeno al del propio amigo, este, ¿no se está convirtiendo en un medio en sí mismo para que nosotros alcancemos un fin?. ‘[…] los que quieren por interés no se quieren por sí mismos, sino en la medida en que pueden obtener algún bien unos de otros’ escribe Aristóteles.

Existe otro tipo de amistad imperfecta basada en el placer. Se trata esta de una amistad no necesariamente basada en el egoísmo, sino en la analogía, el placer de hacer algo en común, por gustos y favores mutuos. Este tipo de amistad la encontramos en la juventud. ¿Quién no recuerda ese amigo o amiga con el que salíamos de marcha cada sábado, al que le confiábamos todos nuestros secretos durante una noche de excesos? Esa intensidad, esa confianza ciega, ese gozo continuo se daba principalmente en la adolescencia y la juventud, momento en el que éramos capaces de sentir conexión cósmica con las personas. Estas amistades basadas en el placer acababan tan rápidamente como cambiaban nuestros gustos, cuando dejábamos de sentirnos cercanos en nuestros contentamientos con la otra persona.

Para el discípulo de Platón, la amistad perfecta no estaba basada en el interés o la utilidad, sino que se trata de una virtud unida a la felicidad de vivir en comunidad. Vivir en comunidad requiere convivencia y la convivencia sin amistad no puede ser plena. Por lo tanto, un hombre sin amistades no puede ser feliz. Aristóteles utiliza el término virtud como una disposición voluntaria adquirida, que consiste en un término medio entre dos extremos malos, el uno por defecto y el otro por exceso. La virtud tiene una proveniencia intelectual que une el conocimiento y la acción.

Según Aristóteles uno no puede tener un amigo del que no se fía, y confianza viene del latín fides, que significa ‘fe’ —Imagen busto de Aristóteles en el Palazzo Altemps de Roma

Ya hemos hecho el repaso de los tres tipos de amistad según Aristóteles, pero, ¿hemos de quedarnos en la categorización de la amistad o lo que en realidad más puede interesarnos es saber qué criterios hemos de seguir para definir a alguien como amigo? Particularmente, te confesaré, lector, que esta que escribe está más interesada en lo segundo y trataré de explicarme. Cualquier tipo de amistad nos sirve en un momento u otro como refugio para el alma. Puede ser que se trate de puro interés, de gustos comunes o que nos guíe el amor puro, pero, ¿cuándo alguien es un amigo y cuándo no pasa de conocido?

Me gustaría en este punto contraponer dos pensamientos, uno del mundo antiguo, masculino, sistemático, el de Aristóteles, con otro del siglo XX, femenino y de formación marxista: Simone Weil. Dos figuras máximas —recomiendo mucho la lectura de los ensayos de la filósofa francesa— que, analizando un concepto universal, entran en conflicto intelectual, a veces con pensamientos completamente opuestos. Dos expertos en la amistad que nos harán pensar, dudar y desarrollar conceptos más elaborados en nuestras cabecitas dormidas del siglo XXI.

‘Cuando el afecto de un ser humano hacia otro está constituido únicamente sobre la necesidad es atroz. Pocas cosas existen que adquieran ese grado de fealdad y de horror’ (Simone Weil) —Imagen Autor Desconocido

Hay tres criterios que han de darse según Aristóteles para poder hablar de amistad. El primero de ellos es el del tiempo. La amistad requiere de tiempo porque está basada en la confianza mutua y a su vez, la confianza pide tiempo, porque es precisamente el tiempo el factor que me va a determinar quién es de fiar y quién me va a traicionar. Uno no puede tener un amigo del que no se fía. Confianza, no lo olvidemos, viene del latín fides, que significa ‘fe’.

Simone Weil no ve el tiempo como un factor determinante; es más, cree que el tiempo no es ningún factor a tener en cuenta en absoluto cuando hablamos de amistad. Uno puede ser amigo de alguien durante 5 minutos. Y si no, que nos lo pregunten a las que hemos hecho cola en el baño de una discoteca a las 3 de la madrugada —cuando esas horas eran todavía posibles— y el tipo de confesiones que nos hemos hecho con ‘amigas’ a las que no hemos vuelto a ver. ‘La amistad es el milagro en el que un ser humano acepta mirar con distancia y sin acercamiento alguno al ser que le es necesario como alimento’ decía la parisina Weil.

Si Aristóteles hablaba de tiempo y no habría entendido el concepto de amistad de un solo día, Weil pone el acento en la intensidad. La amistad no se define por la duración sino por el ardor con el que se vive una relación. Para ella, la amistad es cualitativa y no cuantitativa y no requiere de la presencia continuada en el tiempo. Más bien al contrario, lo que le da valor a la amistad es su ausencia. Será a través de la ausencia como podamos sentirnos más unidos a alguien. ¿Conocéis la sensación de volver a hablar con un amigo de la infancia después de muchos años y tener la sensación de que no ha pasado el tiempo? ¿Y esa tan terrible de no interesarte nada lo que te cuente alguien a quien ves frecuentemente y a quien consideras tu amigo? Quizá es buen momento para plantearnos que hay muchos modelos de amistad que no tienen por qué ser incompatibles. Qué sé yo.

¿Es la amistad un tipo de amor? —Imagen A&

Pasemos a un segundo criterio que le sirve a Aristóteles para definir la amistad: la reciprocidad. ‘Soy amigo de quien es mi amigo’ y a este amigo mío le voy a dar todo lo que soy sin esperar nada a cambio, porque si estuviera esperando algo a cambio, no hablaríamos de amistad sino de transacción.

Pero, ¿cómo medimos la reciprocidad sin entrar en las compensaciones? Hemos quedado en que la amistad se aleja de los tratos comerciales en su lógica. Ahí es precisamente donde Simone Weil vuelve a objetar el argumento del filósofo de Estagira. La amistad ha de ser la entrega incondicional de uno, sin ningún porqué. De hecho, para Weil, la amistad no tiene nada que ver con una elección ni con la voluntad. No somos nosotros los que elegimos a nuestros amigos sino que es la propia amistad la que elige. La amistad es un acontecimiento, algo que nos pasa, queramos o no y tiene el poder de comenzar antes de que nos demos cuenta. Decimos que alguien es nuestro amigo cuando esa amistad ya está manifiesta dentro de nosotros.

Es de suponer que Jesús invitase a sus amigos a su última cena, pero ¿fueron sus discípulos y sus amigos las mismas personas? —Imagen Leonardo Da Vinci, ‘La última cena’, 1498

El tercer y último criterio en el que chocan los argumentos entre los dos filósofos es la semejanza. Según Aristóteles es imposible ser amigo de alguien con quien no tenemos nada que ver, tiene que existir alguna afinidad. Mi amigo es mi otro yo. Pero, ¿quién se parece a quién? ¿Quién deja de ser él para ser el otro? ¿En la amistad tiene que haber alguien necesariamente sometido en algún momento?

Simone Weil es más radical con este tema. Ella dice que el amigo nunca nos va a decir lo que queremos oír. La amistad lo que hace es desencajarnos, ponernos a prueba constantemente. Para Aristóteles el amigo es el espejo en el que reconocernos y que nos vuelve mejores a ambos. Weil afirma que para que el otro continúe en posición de otredad, no puede encajar con nuestra forma de ser.

Vayamos a un ejemplo material y bastante común. Sabemos que nuestro amigo está siendo engañado por su pareja. ¿Qué hacemos, se lo decimos? Piensa en la respuesta antes de continuar leyendo. Yo no tengo la respuesta sobre cómo ha de actuar un amigo de verdad, pero sí tengo la experiencia de haber estado en ambos lados de la situación y cuando he sido la engañada he recriminado al amigo que no me lo contara, porque eso es lo que hacen los amigos, ¿no? Decirse la verdad aunque esta sea incómoda. Pero también he estado en la situación de saber de una infidelidad y no tener la certeza de que la verdad pudiera ayudar en algo. De hecho, mientras las personas pongamos por delante en nuestras relaciones emocionales a la pareja sobre la amistad, menos garantías de sinceridad habrá en la amistad.

Decía Weil que cuanto más diferente sea mi amigo, más sacará de mí esa amistad. Quizás tenga razón, pero en un mundo tan tendente al infantilismo, tan hipersensible a la crítica cuando viene del ‘contrario’ no sé si la amistad entre diferentes se está convirtiendo en algo cada vez más quimérico.

Thelma y Louise en Arkansas, haciéndose un selfie antes de que existieran —Imagen Ridley Scott, ‘Thelma & Louise’, 1991
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El profesor Frank Hu, director del estudio, advierte que 'el problema no es la televisión en sí misma, sino que la gente que pasa horas mirando programas tiene menos oportunidad de llevar un estilo de vida activo y, como resultado, más probabilidades de tener sobrepeso o ser obeso'. En cuanto a lo psicológico, el estudio de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, sobre los efectos a largo plazo del abuso de la televisión, publicado en la revista Pediatrics, indica que los niños que la ven menos de dos horas al día no aumentan su riesgo de sufrir trastornos de atención en la adolescencia, pero a partir de la tercera hora el riesgo se incrementa en un 44% por cada hora adicional transcurrida. Estudios anteriores al neozelandés ya habían detectado que ver desmesuradamente la televisión en la infancia conlleva problemas de déficit de atención, mientras los niños aún cursan Primaria. Pero ningún gran estudio había analizado si estos problemas perduran hasta la adolescencia, y ahora se sabe que los efectos de la televisión sobre la capacidad de atención son duraderos. Los investigadores alertan contra la costumbre de algunas familias de encenderla para que los niños estén tranquilos y recomiendan tratar de reducir las horas que se le dedican. Mientras tanto, un estudio del CIS —Centro de Investigaciones Sociológicas, España— asegura que los niños españoles de entre 4 y 12 años pasan al año prácticamente las mismas horas delante del televisor que en el colegio.In many parts of the world, spending hours sitting in front of the television has become one of the main activities of daily life. Europeans employ 40% of their free time every day, about three hours, watching television; Australians 50%, about four hours and Americans almost 60%, approximately five hours. According to the study conducted by a scientific team from the School of Public Health from Harvard University, which analyzes the results from 8 investigations that involved more than 175.000 people, this so common and seemingly harmless habit carries serious physical problems. Results revealed that those who spent more than two hours each day in front of the TV had a higher risk of suffering type 2 diabetes —20%— and cardiovascular disease —15%—, and those who spent more than three hours showed a higher risk of dying prematurely —13%—. W_poltergeist
'Poltergeist', Tobe Hooper, 1982
Professor Frank Hu, the study’s director, warns that 'the problem is not television per se, but the people who spend hours watching programs have less opportunity to take an active lifestyle and as a result are more likely to have overweight or be obese'. Regarding the psychological side, the University of Otago's, in New Zealand, study on long-term effects of television abuse, published in Pediatrics journal, shows that children who watch less than two hours a day do not increase their risk of attention disorders during their adolescence but from the third hour, the risk increases 44% for each hour elapsed. Previous studies to the latter had already detected that watching television inmeasurably during childhood leads to attention deficit problems, while children are still in elementary school. However, no big study had analyzed before whether these problems persist until adolescence, and now it is known that television has long-lasting effects on attention capacity. 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