28/04/2014

Nos comemos el plástico que tiramos

Los orígenes del plástico se remontan a finales del siglo XIX, pero no fue hasta 1909 el momento en que se inventó la baquelita, el primer plástico totalmente sintético de la historia. Posteriormente fueron avanzando químicamente y a partir de la segunda mitad del siglo XX, el plástico ha colonizado todas las esferas de nuestra vida, y nuestra cotidianidad está a nivel de consumo marcada por los objetos de un solo uso, en especial en la industria del envase para la alimentación humana.

Hay decenas de miles de tipos específicos de plásticos, agrupados dentro de poco más de una decena de sus tipos. Tienen una vida que va de 400 a 700 años hasta degradarse y desaparecer totalmente. Sin embargo, la mayoría de ellos, son usados y fabricados para un solo uso, esto incluye a envases de todo tipo y de uso cotidiano. Es una paradoja que a nivel medioambiental está haciendo estragos y que supone un gran reto para la humanidad.

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Alrededor de un 75% del plástico europeo y un 93% del estadounidense se desechan indebidamente en el entorno o se exportan a países en vías de desarrollo —Imagen Unknown Author
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Si bien es cierto que adelantándose a una ley a punto de entrar en vigor, en 2011 el gigante de la alimentación Carrefour decidió dejar de repartir bolsas de plástico ‘porque solo se reciclan un 10%, porque tardan más de 400 años en descomponerse y porque así muchos animales podremos respirar más tranquilos’ —Foto Cecilia Duarte

En el año 2012, a nivel mundial, se produjeron 280 millones de toneladas de plástico. En Estados Unidos, el porcentaje de plásticos que se recupera frente al producido es de un 7%, en Europa del 25 %. El resto o no es reciclable, se desecha indebidamente en el entorno o se exporta a países en vías de desarrollo.

Se calcula que solamente en Estados Unidos, cada cinco minutos se usan y se desechan dos millones de botellas de agua, de las cuales solo un 10% son recicladas. Cada año, más de seis millones de toneladas de basura acaban en los océanos, en su mayor parte plásticos. Y se calcula que en total puede haber más de 100 millones de toneladas de basura en suspensión en los mares y océanos de todo el mundo.

La isla de la basura

En el año 1997, Charles Moore, un navegante y oceanógrafo británico, descubrió una gran mancha de basura en el norte del océano Pacífico. Posteriormente se ha llamado la Isla de Basura o el séptimo continente, dado que a día de hoy tiene la superficie de tres veces España, aproximadamente 1.400.000 km2, y se estima que puede contener decenas de millones de toneladas de desechos, y sigue creciendo. Esta superficie se ha creado dada la confluencia en ese punto de dos corrientes que al arremolinarse llevan toda la basura y cuerpos flotantes tóxicos a un mismo lugar. El 80% de esta basura proviene de las costas de Japón y Estados Unidos y también de embarcaciones y puestos flotantes —como bases de extracción de petróleo— en estos océanos. Existen cuatro manchas similares, aunque de menor tamaño, en otros puntos oceánicos del mundo que provienen de otros países, pero todos los mares y océanos del mundo están contaminados por este material.

La mayoría de los plásticos que se concentran en estas manchas son de tipo fotodegradables, su propia degradación hace que se transformen en minúsculas partículas hasta un nivel molecular y viajan por las corrientes marinas de todo el globo. Dado su minúsculo tamaño, se confunde con el zooplancton, siendo ingerido por las medusas y otros pequeños seres invertebrados y ellos a su vez ingeridos por otros animales marinos. En la superficie marina de estas zonas contaminadas, según diversas investigaciones, hay más partículas de este tipo que zooplancton. También peces, grandes cetáceos y sobre todo aves ingieren plásticos de larga duración, algunos muriendo a causa de su ingesta, otros siendo ingeridos por otros animales con dichos materiales dentro de sus cuerpos. De este modo, el plástico entra —ha entrado ya— en la cadena alimentaria de todo el ecosistema, incluida por supuesto la del ser humano, teniendo esto incalculables impactos para nuestra salud. Nuestro propio modo de vida y de consumo afecta a nuestra salud, y comemos lo que tiramos. Inverosímil pero real paradoja.

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Increíble pero cierto —Foto Chris Jordan

Cada año un millón de aves marinas y 100.000 animales marinos, entre ellos delfines, tortugas, peces y grandes cetáceos mueren por la contaminación de plásticos. Y a nivel ecosistémico es incalculable la cantidad de especies que están afectadas por la contaminación marina de residuos plásticos y químicos humanos. Todo esto sin sumar el impacto de la pesca marina realizada de manera no sostenible.

Por otra parte, recientemente, en 2013, la OMS (Organización Mundial de la Salud) y la UNEP (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente) publicaron un informe donde alertaron de los peligros de algunas sustancias químicas —cosmética y protección solar sobre todo, parabenos y otros—, entre ellas el Bisfenol A, presente en objetos, envases y muchos plásticos de envase alimentario de un solo uso. Estas sustancias funcionan como disruptores endocrinos y se vinculan a trastornos endocrinos propiamente, algunos tipos de tumores, funcionamiento cerebral y de fertilidad. En animales concluyen que los disruptores pueden estar vinculados a caídas demográficas que se han apreciado en los últimos años en algunas especies. Los han definido como amenaza global para todas las especies y para el medio ambiente.

Por todos los motivos descritos son muchas las organizaciones, como la Environmental Cleanup Coalition, o la Plastic Pollution Coalition, que se ocupan de la misión de difundir ideas y desarrollar acciones para solucionar el problema que ha generado el invento del siglo XX. La alimentación de proximidad y local, la reducción de envases y bolsas y la participación en proyectos de limpieza son algunas de las claves que plantean. Sin embargo, el reto como Humanidad para con nuestro medio y para con todos los que lo habitamos es, a día de hoy, oceánico.

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W_deleonesyhombres Da qué pensar esta poca identificación entre el hombre y la naturaleza. En Girona, alguien que sufrió una fuerte indigestión denunció al ayuntamiento por dejar crecer en un parque público el tipo de setas no comestibles que ingirió. El ayuntamiento tuvo que erradicarlas de sus parques. La domesticación deliberada de la naturaleza por el hombre oculta que integramos un sistema orgánico en el que el buen funcionamiento de una de sus células se corresponde con el buen funcionamiento de células de distintas clases, que son las que permiten a ésta optimizar su potencial. Recíprocamente ésta es la que con su buen funcionamiento facilita a su alrededor que el sistema prosiga reproduciéndose con estabilidad. 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Habitantes de Vanuatu, cerca de Nueva Guinea —Foto Jimmy Nelson
Este tipo de mirada, una que comparte un sentido de lo común, una vivencia de ser afectado por y estar afectando a un entorno —que incluye a las personas—, una mirada de cuidado y respeto, contrasta radicalmente con la mirada occidental. No quiero caer en el mito del buen salvaje y las supercherías que le acompañan sobre que viven más cerca de la Naturaleza —una manera de decir que viven más cerca de lo instintivo—, que viven mejor con poco y son más felices que nosotros. Quizás en algunos aspectos sí, y en otros no. Quizás el peso de lo grupal a veces pueda ser desbordante para las personas que componen este tipo de sociedades. Hace muchos años me contaron, y espero que no sea una leyenda urbana, que los indios norteamericanos —no sé concretar cuáles— se planteaban cómo una decisión que pudieran tomar podía llegar a afectar hasta la séptima generación de descendientes. En nuestras sociedades occidentales, donde lo que impera y se ensalza es el individuo y lo inmediato, estamos en el otro polo, enfrascados en nosotros mismos, perdidos en lo que me pasa a mí en particular. Perdidos también en lo mental y en explicárnoslo todo de una manera lógica y racional, huimos de cualquier situación que suene o huela a emocional. También nos perdemos en la cosa de aparentar, de crear una imagen incuestionable e inquebrantable de mí: desde la obsesión por nuestra presencia física —con una concepción monoteísta de la belleza— a dar la impresión de que lo tenemos todo controlado o que las cosas nos van muy bien. Lo que importa es lo que me pasa a mí, que salga bien parado yo, que tenga éxito yo. No vemos ni miramos más allá de nuestros ombligos. Muchas veces me llama la atención lo poco que nos preguntamos los unos a los otros cómo estamos, no por quedar bien, sino con un interés real por el otro. Parece que los otros acaban estando para compararnos con ellos, o para pretender que me resuelvan a mí mis necesidades. Irónicamente nos sentimos muy solos y una de las enfermedades que más se diagnostican es la depresión. Nosotros los occidentales podríamos recuperar algo de ese sentido grupal, de lo cuidadoso y lo respetuoso, y tener en cuenta cómo nuestras actitudes, decisiones y acciones individuales, sí repercuten en los otros y en nosotros mismos. También en nuestro entorno. Lo paradójico es que para empezar a ver a los otros, hay que empezar a mirarse a uno mismo. Aunque con otros ojos.It is quite common to find in ethnographic readings on indigenous peoples how they establish links close with their environment or territory. In issue 34 of the AETG (Spanish Association of Gestalt Therapy) magazine, dedicated to the Mother, there is an article by anthropologist Peter Rawitscher from Berkeley describing the relationship of the people of Sierra Nueva, in Colombia, with their territory and environment. For these peoples —Kogi, Arhuaco, Wiwa and Kankuamo— territory and environment is the Mother, they work to heal and care for Mother —Nature— and, simultaneously, the human body is the same material and spiritual body of the territory. Thus, land management and well being of the body are part of the same spiritual order. Every action, thought and emotion of the person affects the territory, and, conversely, any characteristic of the territory affects the person. At one point, he says that at a meeting of the Wiwa was discussed what to do with neighboring peasants that were fishing and carrying out illegal mining activities in the rivers, threatening both the indigenous territory and communities. While some indigenous proposed a denounce, the shaman said, and I quote: 'We are responsible. We are attracting the problem, thinking evil among ourselves, without respecting the law of origin. We are affecting the Mother, and She is taking us in the form of theft of our territory. We must confess and clean this'. According to the author, they decided to make some personal healing work following the shaman's instructions and achieved to disappear external problem generated by neighboring farmers. W_howareyou
Inhabitants of Vanuatu, near New Guinea —Photo Jimmy Nelson
This type of look, which shares a common sense of the experience of being affected and be affecting an environment —including people—, a look of care and respect, contrasts sharply with the western look. I do not want to fall into the myth of the noble savage and superstitions that accompany about living closer to nature —a way of saying they live closer than instinctive—, living better with little and be happier than us. Maybe in some ways yes, in others no. Maybe the weight of the group can sometimes be overwhelming for people who compose this type of societies. Many years ago I was told, and I hope not an urban legend, that the American —I do not know which one concretely— were posed how their decisions could potentially affect the seventh generation of descendants. In our Western societies, where what it prevails and exalts is the individual and the immediate, we are at the other pole, engrossed in ourselves, lost in what happens to me in particular. Lost also mentally, explaining it all in a logical and rational way, running away from any situation that sounds or smells emotional. We are also lost in the game of appear, creating an unquestionable and unwavering picture of me: from the obsession with our physical presence —a monotheistic conception of beauty—, giving the impression that we have everything under control or that things are going very well. What matters is what happens to me, what matters is success. We not see or look beyond our navels. Often strikes me how little we ask each other how we are, not to look good, but with a real interest in the other. It seems the other exists just to compare us with him, or to solve the own needs. Ironically we feel very alone and one of the diseases most diagnosed is depression. We Westerners might regain some of that group sense, careful and respectful, and consider how our attitudes, decisions and individual actions affect others and ourselves. Also in our environment. The paradox is that to begin to see the other, we must begin to look at our inside. Although with different eyes." ["post_title"]=> string(63) "¿Cómo estás?How are you?" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(6) "closed" ["ping_status"]=> string(6) "closed" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(11) "how-are-you" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2020-02-19 00:08:03" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2020-02-18 23:08:03" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(29) "http://whatonline.org/?p=5872" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } }